29 jun. 2014

El Cortalenguas (Aquelarre)

Nacimiento:
El padre de Bernat era un hombre cristiano, campesino todo él. Su nombre era Nizeto, no dedicando su entera vida sino a sembrar campos, aunque llegada a la temprana veintena heredó unos pequeños huertos de un hermano clérigo suyo, el cuál falleció, y en vendiéndolos adquirió un caballo de labor. En esa época el reino de Granada hacía estragos en el sur castellano y aragonés, con lo que eran frecuentes las incursiones en las fronteras para poner a raya el avance infiel. Nizeto, natural de Xátiva, pronto entró al servicio de Inazio de Xátiva, hombre de renombre en ésta ciudad, que era la segunda villa más importante del Reino de Valencia, en la Corona de Aragón. Éste requería de hombres para dichas incursiones, y con el viejo caballo adquirido (así como alguna lanza y espada algo mellada), Nizeto se aventuró con otros tantos hombres para a hacer la guerra de Dios.

En una de sus incursiones a caballo, el grupo con el que iba Nizeto fue emboscado en una serranía, siento atravesados con flechas en un repecho cerrado. Éste pudo escapar (no sin librarse de dos saetas en sus muslos) y pronto logró arrastrarse y llegar, en la misma frontera, a una minúscula aldea granadina. Allí, la bondad de una familia quiso que le curaran y le hicieran su huésped, sin atender a quién lo hacían. Tras unas semanas en el lugar al borde la muerte, no pudo sino agradecer la hospitalidad de la humilde familia que le salvó la vida. Y quiso el destino que la hija del matrimonio se fijara en él, y Nizeto en la hija, y en breve tiempo dieran rienda suelta a su pasión. Tras estar un mes oculto en la aldea, Nizeto volvió a Xátiva para informar a don Inazio de la emboscada, añadiendo una ubicación diferente (para no dar cuenta del lugar donde había estado en hospedaje). Tras un tiempo, la chica, de nombre Zohra, llegó en secreto a la villa con un hijo de ambos de por medio, buscando desesperadamente a Nizeto. Por supuesto, al ir a la aventura y sin protección, acabó asaltada en un callejón por unos bandidos. Por suerte, el bebé quedó tendido en el suelo, sobre las mantas que lo cubrían y pasó desapercibido.

De esta guisa fueron unos clérigos del monasterio de la villa quienes lo recogieron y cuidaron unas semanas. Éstos vieron que el crío, de piel negruzca hijo de Alláh llevaba una cadenilla de plata que portaba una pequeña placa con una cruz por un lado y por el otro el nombre de Nizeto... Al no poder instruirle en la fe cristiana por su condición, fue presentado a don Inazio en una de sus habituales visitas al monasterio para rezar, con la pretensión que lo tomara de alguna forma (criado, cuidador de establo, etc.). El caso es que Nizeto, en esa época y debido a otras aventuras en la frontera al mando de Inazio, se había ganado el respeto de éste, y en cuanto vio la cadena con su nombre, (que se lo mostró su señor por llevar en ella su nombre) le preguntó por el suceso, mostrándole al crío y la propia placa. Nizeto no sabía de la existencia de un posible hijo, pero al ver el rostro del pequeño y la evidencia de la situación, vio que se parecía sobremanera a la hija de aquel matrimonio... Era su descendente. Inazio de Xátiva, que era hombre recto pero bondadoso, permitió al campesino criarlo, no como hijo suyo ni cristiano (el muchacho sería considerado un mudéjar), sino al menos como siervo o tal vez esclavo. Casualidad o destino, el hijo volvió con el padre.


Infancia:
Su padre le educó desde temprana edad en los campos, en su siembra y en las rotaciones del sembrado, que era menester conocerlos para ser buen campesino. No era frecuente que un hombre que ganaba el jornal arando y sembrando tuviera criado, pero las gentes de Xátiva ya conocían a Nizeto como hombre armado de don Inazio, y pronto se dijo que el pequeño, de nombre Bernat, era un niño que había ser criado para la servidumbre, y había sido concedido por el propio Inazio a su vasallo. Padre e hijo vivían en la misma casa en la villa, y desde pequeño Bernat se integró a la perfección en la vida del campesinado. Desde ese momento Nizeto no cabalgó más al servicio de su señor.
Cuando cumplió ya los quince, Bernat sabía tanto de la tierra como su padre, pero a esas edades, ver a padre y a hijo juntos siendo un hombre de piel canela y otro casi como el carbón le intrigaba demasiado; por ello, Nizeto le contó en secreto su viaje de guerras y el encuentro con su madre y sus abuelos, su familia árabe. Cuando esto supo, el muchacho, en un alarde de curiosidad inconcebible, quiso pues encontrar sus raíces maternas. Su padre no podía negarle este deseo, pero tampoco podía acompañarle (por temor a la acusación de traición, infiel o hereje, o tal vez incluso manchar el nombre de su señor). Asi que, tras enseñarle Nizeto el manejo de un buen hacha que luego le entregó, partió con su bendición y la ubicación exacta de la aldea a la que antaño una vez fue.
Tras viajar durante tres meses ocultándose (pues joven era y miedo tenía de los caminos), llegó a la aldea, justo en el sur del Reino valenciano, pero allí no había nada. Tan sólo restos de lo que fue un pequeño poblado árabe. Las casas típicas andaban ya derruidas, y la maleza ya crecía dentro de los arrasados hogares por el tiempo (y quién sabe si de incursiones cristianas posteriores semejantes a las de su padre). Claro que, una vez allí, encontró a un viejo musulmán que andaba pastoreando unas cabras y se extrañó al ver a un joven tan sólo en ese lugar desolado. Tras preguntarle acerca de lo que allí había pasado, Bernat apeló al nombre de su madre (que se lo contó Nizeto), pero Zohra, que así se llamaba, resultó ser una joven marchada a Xátiva, que nunca regresó. Sin embargo, sus padres (los abuelos de Bernat) aún vivían, aunque lejos de allí, habiéndose marchado ambos a Gharnatah. Por supuesto, de aquello hacía ya casi unos quince años, y lo más probable es que hubieran muerto. Aquel pastor resultó ser un vecino antaño y sin más dilación, Bernat decidió regresar a Xátiva, con los preceptos de la palabra de Alláh en su corazón. Tardó otros tres meses a la vuelta.


Juventud:
A partir de los diecisiete años, Bernat habíase ganado la confianza de con quienes interactuaba su padre, Nizeto. Era moro, si; y era criado, por supuesto, pero era fiel todo él, e incluso les hacía recados al resto, les ayudaba en las siegas, las recogidas y las plantaciones. Aún que don Inazio, ya mayor y cercano a la cuarentena, le mandó llamar a su castillo, pues de tan buena fama gozaba ahora Bernat que bien podría entrar a trabajar a las órdenes de éste. Así estuvo de mozo de cuadras, ensillador y rastrillero en las dependencias de su caballeriza, y su padre Nizeto temiera que lo enviara a la frontera a guerrear como una vez fue él bajo su distintivo; Sin embargo Inazio no llevaría a un infiel a guerrear contra los suyos, aunque pese a la falta de hombres cristianos y armados bien podría surgirle el deseo.

Y en éstas que don Inazio tenía una hija casi de la misma edad que Bernat. El jóven ni tan siquiera lo sabía, ya que incluso desde que era un crío hasta ahora había visto a Inazio tan sólo varias veces, por lo que saber de una primogénita no sería común. Y en estando trabajando tan cerca el uno de otro a veces se encontraban, pues la hija, pese a que pasaba todo el tiempo con una institutriz para instruirse en el conocimientos de los números y las letras, gustaba de tener un caballo para ella, y a veces montarlo por el castillo o bajar escoltada al mercado de Xátiva los días de buen sol. Muchas veces ensillaba Bernat a “Santiago”, que así se llamaba la montura, para que la joven hija de Inazio lo montara.

¿Alguien podría decir que el repetir de las historias no es lo más frecuente? Equivocado se halla si piensa de tal forma, puesto que con el tiempo y la excesiva cercanía (que al final Bernat no acabó sólo ensillando caballos sino haciendo más menesteres en dentro de las dependencias del castillo), la joven Florauda, que así se llamaba la hija de Inazio, se encariñó en demasía de Bernat, y éste de él (a pesar de no ser precisamente un hombre bello), y pronto se repitió la historia de acercamiento de sus padres, pero, aparte de la distancia de la piel, con una diferencia de posición importante... A la edad de dieciocho ya veíanse en los diferentes recovecos del castillo, y con mucho cuidado intentaba que ningún soldado o siervo les advirtiese. Sin embargo, una de las noches, Bernat (que habíase quedado dentro cuando se cerró el portón principal de castillo antes de que anocheciera) escaló por encima de las caballerizas, se introdujo en el castillo por una ventana y deambuló por los pasillos que bien conocía ya para llegar a la alcoba de Florauda. Claro que, tras estar con ellas unas horas y salir con el mismo sigilo antes de que amaneciera, dos sirvientas lo vieron salir (sin percatarse que era él), haciendo avisar a los guardias acerca de un intruso en el castillo. He aquí donde comenzó la tempestuosa vida del joven: cuando ya se encontraba en el patio de armas, dispuesto a subir a la muralla y lanzarse de los adarves con una cuerda para escapar, dos soldados le dieron caza y vieron que era el árabe, y en la revuelta el joven Bernat, ataviado con un pequeño filo y su diestra mano, les redujo con sendas cuchilladas... Claro que, él no quería matar a nadie, pero tampoco ser reconocido y capturado, y no tuvo más remedio que cortar sendas lenguas de los soldados para ganar algo de tiempo antes de... ¡huir de allí!

¡En cuanto su nombre llegara a oídos de don Inazio tras estar con su hija y asaltar el castillo irían tras él!

Bernat corrió y corrió. Fue a buscar a su padre, y tras despertarlo en plena noche no pudo sino advertirle que se marchara de Xátiva, tal y como él haría. Nizeto no daba crédito a tales razones, y cuando Bernat le resumió la situación, no pudo sino ayudarle con el petate y ofrecerle su viejísimo jamelgo para la huida, ya que le recordaba a la historia pasional con su madre Zohra: culpar dicho error sería muy egoísta por su parte.


Madurez
Recién cumplidos los diecinueve, Bernat, que había huido a Dar-el-Geuza, una pequeña población fronteriza con el Reino de Toledo, decíase ahora con el falso nombre de Othmán ibn Badis para pasar desapercibido. Cuidaba cabras y aves que luego vendía a comerciantes ambulantes, al tiempo que ayudaba con su formación sobre los campos, el sembrado y la recogida de frutos. Aquella población no sufría muchas incursiones en el frente toledano, puesto que el arzobispo de Toledo había hecho concentrar las tropas del reino en otros menesteres. Claro que en épocas de penurias vivir en el campo no era suficientes, asi que cuando pudo costearse un nuevo caballo (el de su padre había muerto) se lanzó como antaño don Nizeto a la “aventura de la espada contra el infiel”, aunque en este caso en el bando contrario. Esto lo hacía muy de vez en cuando: prefería la pacífica y oculta vida en Dar-el-Geuza.
No fue sino en una de estas cabalgadas (que a veces aprovechaba para hacer de las suyas robando indiscriminadamente) cuando fue capturado por un grupo de caballeros cristianos. Muy a su sorpresa, tras una buena somanta de palos tras su captura, no mataron Bernat, sino que lo hicieron de momento prisionerio junto a algunos otros musulmanes. Tras meterlos en un carro comenzaron a viajar, llevando aquel grupo a Toledo, donde el Rey necesitaba de hombres de casi cualquier edad para sus frentes en las guerras, por lo que las villas y aldeas (sobre todo en Toledo) escaseaban de mano de obra y servidumbre. Bernat se convertiría en uno de ellos. Y así fue, que en Toledo entró a cargo de un viejo judío que bien lo maltrataba. Éste era uno de esos al que llaman malsín, que no dudarían en vender a su propia madre a los cristianos para ganarse unas sucias monedas. Un chivato, un acusador, “un deplorable” (para Bernat), pero al menos no le faltaba (ni si quiera a éste) el plato de comida correspondiente para dejar de malvivir.
Tras una de éstas acusaciones, aquel judío fue perseguido por poner falso testimonio contra un comerciante hebreo muy querido en la aljama de Toledo (en realidad el amo de Bernat le debía dinero y hacerlo ajusticiar de la mano de los cristianos haría desaparecer todas sus deudas), y toda la masa popular del lugar se levantó contra él. Tanto Bernat como el amo tuvieron que salir huyendo por una de las puertas de la ciudad, y ataviados únicamente de una carreta y las viejas ropas que encima llevaban pusieron sin quererlo rumbo norte, hasta que llegaron a tres días sin detenerse. En breve tiempo llegaron a Segovia, a Medina del campo y hasta Valladolid, y allí, cuando ya nadie los perseguía, aquel judío dió libertad a Bernat (pues ya no tenía medios para retenerlo por la fuerza). Fue entonces cuando deambulando por el norte de Castilla llegué en poco tiempo a Burgos, sin razón aparente alguna que la que el mismo destino quiso para el joven.
Aquella ciudad contaba con un gran castillo que bien se divisaba alto y fuerte, y bajo su manto arropaba a una ciudad que poco a poco emergía, cuyo bullicio hacía pares por la calle los hombres que caminaban sobre sus vías: nobles, ricos, criados, putas, sirvientes, clérigos, compradores, algún rabino, mendigos, herreros, burgueses o... bandidos. ¿Y qué peor que ser bandido a los ojos de todo buen hombre cristiano? Ser bandido y ser “moro”. Efectivamente, Bernat sabía ésto de sobra, y tratar de ganarse la vida de forma honrada no sería precisamente fácil. Enseguida contactó con los bajos fondos de la ciudad, que no eran sino lugares comunes como mercados, tugurios, esquinas y arcos de puentes, y el joven se costeaba la vida como podía; eso sí: con un buen par de filos, una capucha y a costa de las joyas y dineros de los demás...


La terrible enfermedad:
A la edad de veinticinco, Bernat, a quien a todos se presentaba y todos le conocían como “el Negro” (quizá por su color cutáneo muy oscuro) logró crearse una reputación muy negativa (por supuesto) entre los alguaciles, habitantes y maleantes burgaleses. Había robado, matado, e incluso violado cuando la ocasión de obtener unos dineros se lo permitía. Oraba en dirección a la Tierra de su madre de forma oculta, pero ni tan siquiera Alláh sería tan bondadoso de perdonar tan numerosas y cruentas maldades que el Negro se traía ya a las espaldas. Solía trabajar sólo, aunque de vez en cuando Bernat se juntaba con otros de su calaña para hacer agravios mayores.
Durante un Martes Santo de Semana Santa en la ciudad, Bernat se internó en una zona del barrio burgués para aquello del latrocinio en casas particulares, pero se percató que había una gran cantidad de personas en la iglesia de San Lorenzo el Viejo, junto a ese barrio. Quizá pudiera internarse entre la multitud (que estaban congregadas ese sagrado día en comunal rezo por tan santa fecha) y adueñarse de suculentas bolsas sin dificultad alguna. Y cuál fue la idea que tuvo (mucho más buena que robar en las viviendas) cuando vió a cada uno de aquellos pudientes dar un donativo en la puerta del edificio para los más pobres: se internaría en el interior, la sacristía seguramente, y esperaría a que llegase a última hora el párroco del lugar para contar la colecta; Sin soldados, sin luchas... sería perfecto. Cuando el sol fue yéndose poco a poco, Bernat comenzó a escalar la parte trasera de la iglesia, alcanzando el tejado e introduciéndose por un ventanuco. Sin embargo, debido a la altura interior y la poca presencia de luz, éste trastabillo con su larga capa, la cual lo hizo caer peligrosamente hasta uno de los bancos y haciéndolo partir a la mitad. El bandido quedó inconsciente.

Quiso la mala suerte que, nada más despertar, se encontrara completamente desnudo, fustigado con enormes marcas de heridas en su espalda, mareado y... encadenado. Aquella estancia era un calabozo con numerosas cárceles, y estaba todas muy cargadas. Por la descripción que había oído de otros bandidos, se encontraba en los calabozos principales de la ciudad, y Bernat dedujo que lo habían atrapado tras aquella enorme caída (porque no se acordaba de más). En aquella Semana Santa, la ejecución de presos o la tortura era suspendida, y apenas había guardias en la enorme prisión, ni carceleros que controlaran a los presos. Los días pasaban y Bernat apenas había probado la infausta comida que allí daban. Además, debido a esta falta de personal encerraron sin darse cuenta un reo algo peculiar: Tenía una enorme barba y cabellos ruinosos y blancuzcos. Nada más entrar (con un severo y desproporcionado empujón al interior de la celda que Bernat y otros ocupaban), escondió su mano y cerró su boca (apenas hablaba). Ninguno de los prisioneros se percató hasta los tres días de que, increíblemente, ese tipo tenía un mal terrorífico: la lepra (aunque apenas se notaba, era sus primas fases de desarrollo). Muchos de ellos habían mantenido contacto al sentarnos unos junto a los otros o apoyando sus cabezas en las del otro y viceversa, de puro cansancio (incluido nuestro bandido). Nadie notó nada, nada ocurría. Tras el Domingo de Ramos, el calabozo se llenó de guardias como de costumbre. Una semana encerrado permaneció Bernat hasta que comenzó su enjuiciamiento. Cuando ya tuvo la soga de la horca alrededor de su cuello, uno de los guardias mandó detener la ejecución (que compartía con otros desdichados), y mandó a que todos los que habían permanecido esa semana con el leproso (al que ya habían detectado: su mano y su lengua le delataban) fueran llevados a las afueras de la ciudad, metidos en un carro y sacados de allí: al parecer temían que los que habían mantenido el contacto con el enfermo provocasen (aún incluso sus cadáveres tras su ejecución) un brote de la misma enfermedad, por lo que serían llevados en carro tras los muros de burgos y quemados vivos (carro y caballo incluído).
Y fue en éstas que el tipo de la lepra, al extenderse el rumor y la autoría del portador, no duró ni un segundo en el carro cerrado con verjas de madera, que el resto de presos transportados (entre los que Bernat iba) lo mataron allí mismo a base de patadas (que ni las mano utilizaron). Durante el jaleo, los dos soldados que iban con ellos bien tapados intentaron poner orden en el carruaje, e incluso dieron espadazos a alguno de los violentos. Bernat, en una de éstas, consiguió hacerse con la espada de uno de éstos cuando tuvo la hoja sobre sí, y en tal que frotó sus cuerdas contra ésta y logró desatarse. Los guardias intentaron retenerle, pero sin éxito, y el joven logró huir de allí...
En esos momentos pensó que si huía alejándose de Burgos (yendo sin comida, bebida y más ropa que unas telas que cubrían sus vergüenzas), pronto darían con él, por lo que el mejor sitio para esconderse sería, por supuesto, cerca del enemigo: en la propia ciudad. Bernat, durante su huida, sopesó la posibilidad de que se hubiera contagiado, aunque en esos momentos no supiera que, efectivamente, fue así.


El "Cortalenguas":
Durante su estancia esa semana, Bernat escuchó las atrocidades que la guardia de la ciudad había realizado: la mayoría estaban allí por acusaciones infundadas de robo o crímen (sin contar con algunos judíos y musulmanes como él que eran encerrados sobre sí). Durante su reclusión en la ciudad, se escondió en la posada de mala muerte de un tipo que permitía la estancia a prácticamente cualquier persona; lugar idóneo para encontrar tipos de mal augurio, farsantes y criminales. Incluso no hacía ascos en dejar que algunos maleantes se reuniesen o escondiesen allí, como Bernat precisaba. Por supuesto, el posadero conocía al famoso “Negro”, y lo escondió allí tras la futura remuneración, en cuanto volviese a las andadas. Hasta otra semana estuvo recluido sin salir (tanto por el temor de ser capturado como para reestablecer, como malamente podía, sus heridas de cautiverio).
Y en éstas que la suerte tampoco le sobrevino, que el maldito posadero acabó por venderle a la autoridad tras no poder hacerlo sacar de allí, y, pese a pudo escapar por los tejados circundantes (no sin problemas ni trastabillado), juró vengarse. Tras vagar unos días en diversas callejuelas, fue hasta el cuartelillo del barrio de villanos (no el principal) y consiguió hacerse con una negra capa con capucha, que allí estaba, así como con un hacha que sólo Dios sabría, a pesar de no ser muy grande, cuántas cabezas había hecho rodar como castigo; Finalmente un carcelero lo vio, y además el verdugo local fue tras Bernat para atraparle. Cuán rabia tendría el bandido que allí mismo le segó la vida con su propio hacha, y en tanto que además vio colgada de una silla una especie de máscara (que probablemente usarían en los enjuiciamientos), que la cogió y la se la colocó encima tras dar la voz de intruso en la prisión (para no ser reconocido). Y de esta guisa que, esa misma noche, la negrura de sus nuevas ropas y aquella máscara de pellejos de carneros y terneros malamente cosidas le dio una nueva identidad... Pero no fue hasta que marchó a la maldita posada donde descansó donde encontró su nombre, el nombre que pronto le darían...
Y es que en medio de diversos comensales y viajeros nocturnos allí presentes, cruzó con su capa y máscara a la entrada de la posada, con su hacha en la mano, como un verdugo tenebroso; y en cogiendo de la solapa al maldito “judas” que se encontraba tras de la barra de la posada, en su planta baja, lo tumbó en el suelo, le cortó la lengua, tal y como hizo con aquellos soldados de don Inazio en Xátiva... Allí, en medio de aquellos ojos de clientes incrédulos, le hizo jurar, teniendo frente a su cara aquella terrible máscara de piel (color blanquecina, como la de la Muerte), que no mintiera más a nadie, y aún menos que hiciera nuevas traiciones, ya que si así actuaba en su próximo encuentro acabaría con su vida... Desde aquel entonces la gente se impactó con aquella presencia, que pasó de las apariciones locales a ser visto en multitud de ocasiones por la ciudad de Burgos: roba a ricos y pobres, mataba a diestro y siniestro, y nadie sabía cuándo o quién podría ser el siguiente...
En realidad Bernat, alias “Othmán”, alias “el Negro”, ahora tenía otro sobrenombre: el “Cortalenguas”. El bandido siguió con su actividad usual, solo que embozado en aquella oscura capa y la tremenda máscara de piel. Cuando robaba y era visto, su actuación se convertía en rápida y apenas dejaba rastro; pero cuando ajustaba cuentas, su seña de identidad fue precisamente esa (de ahí su nombre) la de cortarles las lenguas cuando no acababa con sus vidas (y si lo hacía, también les segaba el músculo de la boca...). De esta forma habrían de temerle, de esta forma nadie volvería a traicionarle, de esta forma nadie podría delatar su posición, de tal forma nadie podría pronunciar su nombre más allá de recordarlo en su mente, y aún así todos le temerían...


Vida actual
Seis meses pasaron desde que comenzaron a verle, desde que los rumores y habladurías sobre el hombre embozado, el “Cortalenguas” corría de boca en boca como corren las monedas en un mercado. Y en todo este tiempo de actividad, Bernat no notó nada extraño, se sentía bien, era un bandido activo y temido; sin embargo, poco a poco comenzó a notar los efectos de la terrible enfermedad que hasta ahora no se había percatados sobre su cuerpo: la lepra.
¡Lepra! En seguida se acordó de aquel maldito reo, y aquella semana de unido cautiverio fue bastante como para transmitirle la enfermedad... Quizá Bernat no ha asimilado del todo su gran mal, puesto que la máscara que lleva le ayuda incluso a ocultarse de si mismo. Su cara y sus brazos comienzan a pudrirse, muy lentamente, aunque el bandidaje y los actos violentos le ayudan tanto en lo económico como además faceta de distracción: sabe que aquello no tiene remedio. Quizá por esto mata con más ansia y corta lenguas con más saña, puesto que aquello no es sino para él una catársis a través de la violencia por todo aquello que la vida le puso en su contra: la muerte de su madre, el alejamiento de su padre y Florauda, los cautiverios y servidumbre, las penurias...

A cada paso que da, Bernat está más cerca de la muerte; a cada cuchillada que lanza, su nombre está más vivo que nunca. Quizá Alláh no le perdone nunca, pero el “Cortalenguas” continúa haciendo estragos en Burgos... y no descansa.

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Nombre: Bernat
Apodos: Othmán ibn Badis / el Negro / el Cortalenguas
Reino: Corona de Castilla.
Pueblo: Mudéjar.
Posición Social: Villano.
Profesión: Bandido.
Profesión Paterna: Pardo.
Situación Familiar: Un padre al hace tiempo que no ve.

Características Primarias
-FUE 15
-AGI 20
-HAB 20
-RES 15
-PER 20
-COM 5
-CUL 5

Características Secundarias
-Suerte 30/24
-RAC/IRR 70/30
-Puntos de Vida 3/15
-Aspecto 7
-Edad 25
-Altura 1,65 varas.
-Peso 120 libras.

Competencias
Competencias Primarias: Descubrir 60, Sigilo, 85, Tormento 60, Hachas 75.
Competencias Secundarias: Ballestas 70, C. de Área (Burgos) 5, Correr 60, Empatía 40, Rastrear 45, Trepar 65.
Otras Competencias: Andalusí 100, Castellano 20, Aragonés 20.

Orgullos y Vergüenzas
Orgullos: (+2) Adiestrado en combate, (+2) Ágil, (+1) Comprensivo, (+1) Sigiloso.
Verguenzas: (-2) Fealdad, (-4) Dolencia - Lepra

Ingresos y Gastos
Ingresos Mensuales: 60 maravedíes.
Gastos Semanales: 20 maravedíes.

Armas y Armadura
Armas: Hacha de armas 75 (1D8+2+1D4), Ballesta ligera 70 (1D6+1D6), Cuchillo 20 (1D6+1D6).
Armadura: Pelliza 1 (15/14), Brazales 2 (10/10), Grebas 2 (13/15), Capacete 2 (20/20).



Equipo
"el cortalenguas" lleva encima:
Capa de paño negro
Guantes de carnero
Botas de camino
Pelliza de piel
Brazales
Capacete
Grebas de cuero
Aljaba con: 30 virotes
Hacha de armas (al cinto)
Ballesta ligera (bajo la capa)
Cuchillos (en la bota)
en el Bolsillo: 0 maravedíes
en el Zurrón:
Odre con agua
Cuerda (10 varas)
Garfio
Yesquero
Esmeríl
botín del Josu:
Extraño y pesado libro
Tres cuchillos
9 maravedíes

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