2 ene. 2013

Curiosidades históricas I: el aceite de Saúco


Reino: Plantae
División: Magnoliophyta
Clase: Magnoliopsida
Orden: Dipsacales
Familia: Adoxaceae
Género: Sambucus
Especie: S. Nigra

En torno a 1519, durante el sitio de México-Tenochtitlán por parte de la expedición de Hernán Cortés en la urbe del gran Moctezuma II, el soldado y cronista Bernal Díaz del Casillo, en su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, nos relata: “curábamos nuestras heridas con quemárnoslas con aceite, y un soldado que se decía Juan Catalán las santiguaba y ensalmaba...”. Sin embargo, en ese tiempo y durante las batallas previas a la toma de Tenochtitlán (luchas en Cotoche, Tabasco, Tlaxcala, Cholula, etc.), los soldados de los reales castellanos no disponían de hilos o de vendas para salvaguardar las heridas producidas y, para paliar tales en los afectados, utilizaban tejidos de algodón de ropas indígenas, aunque comúnmente era natural tomar a los guerreros nativos caídos, abrilos en canal (al igual que un sacrificio en lo alto de un "cu" azteca, curoso...)  y con las entrañas aún calientes tras la batalla las extraían y utilizaban para cerrar heridas propias.

Este aceite que nos cita Bernal Díaz es aceite producido del saúco, el cual se arrojaba en las heridas  hirviendo, pues dicha planta tiene propiedades desinfectantes. De esta forma, las heridas cicactrizaban mejor y se evitaban las infecciones por la pólvora procedentes de sus propios arcabuces o sus "tiros" (cañones como las enormes bombardas), pues se creía que la pólvora era tóxica en contacto con la sangre. Una vez aplicado este aceite producía en el paciente, de manera obvia, grandes dolores inmediatos, aunque en cuestión de días (o incluso horas) hacía aparecer además fiebres e hinchazones en los miembros o partes tratadas.

Esta práctica curativa duró hasta que Ambrosio Paré, cirujano militar en el ejército de Francisco I de Francia, durante la campaña del Piamonte (Italia, 1536) comenzó a aplicar el llamado tratamiento suave en las heridas por arma de fuego, que sería recogido en un tratado posteriormente, en 1545, llamado Método de tratar las heridas causadas por arcabuces y otros bastones de fuego y aquellas que son hechas por pólvora de cañón. Este remedio lo improvisó por la falta del aceite de saúco y la necesidad de aplicar un remedio o método curativo. Su práctica consitía en mezclar una yema de huevo, aceite fabricado a partir de pétalos rosas y trementina (la cual es una resina oleosa extraída de algunos pinos, como el  pino amarillo en América o el pino marítimo en Europa). Inmerso en esta improvisación, Paré incluso temía que muchos de los heridos podrían morir durante la noche por tal ungüento, pues no conocía los posibles efectos secundarios o consecuencias que podría acarrear.

Inesperadamente, los pacientes tratados con este remedio aparecían al día siguiente sin fiebre ni inflamación y con poco dolor en comparación con las prácticas donde se utilizaba aceite para la cicatrización y desinfección.

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