27 nov. 2011

Vittantonio "Vitto" di Grassi (V. Edad Oscura)

Es ya la cuarta misiva, te respondo en el entreacto de mi obra…

¿Que qué edad tengo? Tranquilo, aunque a veces trate con prestigiosos cainitas, mi existencia en las tinieblas no es más que el más joven de su progenie, te lo aseguro. Además, hace poco descubrí que no puedo abrazar, quizá debido a mi lejana distancia con nuestro Padre ¿Qué te parece? Algunos de nuestros hermanos lo tomarían como un pretexto indigno y humillante, pero yo creo que es un privilegio: el don de no hacer morar a ningún mortal en el vacío, el poder para salvaguardarlos, preservarlos tal y como fueron creados… ¿no es fabuloso? 

Una vez fuimos mortales, no lo olvides, y ellos tienen una esencia de la existencia que no podemos recordar, y a su vez, no debemos arrebatarles.

No obstante, mi juventud no me ha impedido llegar hasta donde estoy. En mi condición de mortal siempre intenté aprender lo máximo posible, obtener lo positivo de cuanto veía. Ahora esa percepción ha cambiado; a mí acuden aquellos que anhelan inspiración y alguna que otra historia pintoresca, acerca de algunos de mis viajes. Si. La verdad es que “me hice a mí mismo”, hasta el momento del Abrazo.

Te diré que era un hombre tranquilo y perspicaz, de eso no hay duda, y desde muy joven me interesó realizar algo diferente a lo que acostumbraba a hacer. Quizá sea por eso por lo que ahora dejo que me aclamen y aplaudan: ningún mortal o condenado negaría un placer como ese, a no ser que no lo merezca, por supuesto.

Viajé mucho, y creo que sobreviví demasiado. Conociendo en lo que se ha convertido el daño de Caín aún me sorprende que no apareciera desangrado en cualquier vereda. Hasta entonces gozaba del liderazgo de unos pocos, sujetos de un nivel inferior, sobre una pequeña compañía teatral. Cuando mi sire me transformó, recordé en un principio todas las experiencias mortales de esos viajes, y a cada uno de mis amigos. Fueron buenos momentos.  Creo que por eso respeto y admiro tanto a los hombres y mujeres.

Ellos desearían sin duda lo que yo poseo, mientras que yo entregaría esta oscuridad perenne por sentir un ápice del dolor del que ellos sienten. ¿Cómo soportar ese hastío? Sencillo: busca un placer mundano y exprímelo; hazlo a la vista de la sociedad, y haz creer que ellos también pueden conseguirlo, pero no te evadas de sus miradas mortales; sé uno de ellos, mas actúa como el mejor; estudia sus relaciones, pero sobre todo compréndelas, no te limites a entenderlas como la mayoría del ganado.

Ahora, eleva tus hombros, y mira al frente. Ríe con delicadeza tras cada sorbo y disfruta de cada melodía, en cada corte. ¡Ah! te conviene aprender a tolerar el alimento, aunque solo sean unos bocados, pues negar una ofrenda en el Infierno puede hacer despertar al Diablo, créeme...

 Atiende, Amigo mío: eres el verso perfecto, o al menos, debes serlo; el diamante brillante, ¡la punta de la lanza!; el ribete que ondea y no la herradura que pisa: jamás lo olvides. Tampoco lo hagas de los mortales, pues te hago saber que somos más parecidos a ellos de lo que jamás creerías, más que a cualquiera de nuestros iguales.

Se está abriendo el telón, y el público se impacienta. He de irme.
Hasta pronto.

Vitto.
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“El Papa está por encima no sólo de los fieles, clérigos y obispos, sino de todas la Iglesias locales, regionales y nacionales, y por encima también de todos los concilios.”

“Los príncipes, incluido el emperador están sometidos al Papa.”

“La Iglesia romana no ha errado en el pasado…  ni errará en el futuro.”
(Extracto del compendio Dictatus Papae, 1075)

LA VIDA
Comenzaré narrándote mi  anterior existencia. Quizá la única verdadera, pues el mismo dolor y la muerte hacen brillar tal veracidad en comparación con la no-vida. Nací en el año de 1051. Grassi fue mi ciudad origen. Era una colonia al sur de la península italiana, cercana a Tarento. Ya poco puedo recordarla, al menos tan precisa y enérgica como era antaño. Diría que aquella ciudad era un casi un puerto estratégico en medio de la guerra lombarda, en el sur, contra la punta bizantina.

En ese tiempo mi familia trabajaba en las tierras del único viñedo privado de la zona, en las afueras de la villa. Recogíamos la uva de don Alonzo, vasallo de un poderoso cardenal italiano afincado hacía poco en esas tierras. Era un tipo reservado; huraño o desconfiado podría añadir, aunque conocimos muy poco sus competencias. Vivía por y para su plantación, su palacio y sus terrenos. Apenas trataba con nuestra familia y el resto de sirvientes, sólo lo preciso. Tampoco se dejaba ver muy a menudo, tan sólo de noche; no paseaba entre las enormes parras o los manzanos, y ni siquiera acudía al lago perfectamente dispuesto para la pesca, tal y como era costumbre de aquella posición. El señor disponía rara vez sus tropas a su causa, pues Grassi se mantenía en esos momentos en una zona tranquila.  Mientras tanto mi padre, mi madre y mi hermana eran mi única compañía. Convivíamos con el resto de familias en viviendas apartadas de la casa del señor. Tiempo antes mi padre disponía de un negocio de especias. Negociaba con importaciones procedentes del Mediterráneo, hasta que las oleadas lombardas le obligaron a abandonar el comercio y canjearlo por una vida más segura. Él fue quien me enseñó a leer, escribir, y conocer el lugar de las estrellas. En aquel entonces contaba con once años.

En la época estival el señor dejaba su “trono” y marchaba a su retiro siciliano. En esos días aprovechábamos para ir a Grassi y visitar el mercado un par de veces al mes. Adquiríamos productos para la plantación y contemplábamos las bellezas que llegaban a la villa. Fue en aquella época cuando encontré algo que me sorprendió con creces. Detrás del mercado había un retablo con un pequeño telón, en el cual un tipo hacía mover un par de marionetas con soltura, a la vista de los presentes, al tiempo que discutían por cosas absurdas. A su lado había un círculo de gente que contemplaba a un hombre y una mujer tocando una lira y una flauta, acompañando a otros dos que hacían volar sus antorchas para volver a caer en sus manos, en un espectáculo sorprendente. También pude ver un pequeño estrado, apartado y con un par de sillas sobre él. Era el descanso, aunque no había entreacto, pues los actores se estaban maquillando en un lado (cada uno representaba varios personajes). Comencé a esperar. La gente comenzó a acercarse, y también lo hizo, y aquellos sujetos se subieron al cajón. Había un tipo vestido con unas túnicas harapientas, un caballero con un escudo y un blasón bastante cómicos y un clérigo con bastante mal carácter. En ese acto representaron una especie de parodia del vasallaje, los intereses del clero y una grotesca investidura y concesión de terreno.

Fue un espectáculo bastante efusivo y disparatado; había gente sorprendida por el atrevimiento contra la Iglesia y otra que aplaudía sin cesar. Personalmente me marcó contundentemente, pues el espectáculo era fabuloso.  Mi mente despertó. Una vida entera dedicada al campo equivalía al tiempo de unos versos teatrales, al menos en gratitud con uno mismo. Fue entonces cuando conocí mi verdadera vocación: actuar. En ese tiempo contaba con diecisiete años. A partir de este punto la historia de mi vida es la historia de un viaje sin retorno. Don Alonzo continuó con sus posesiones y mi familia en sus dominios. Sin embargo yo marché de allí, aún sin la aprobación de mis padres. No volví a ver a mi familia. Aquel conformismo y vana dedicación no podían escribir los días de mi vida, no quería que fuese así.


UN ARDUO ASCENSO
Marché a Tarento, a la edad de dieciocho, donde pronto comencé a vislumbrar las dificultades de la escapada. Logré reunir un grupo de artistas con los que comenzar. Más que artistas, la mayoría eran indigentes que balbuceaban viejas canciones, recitaban vagamente algún canto lombardo, o eran perseguidos por la guardia local. “Perfectos”, pensaba yo. Eran hombres y mujeres grotescos y desventurados.

Intentaba leer todo lo que caían en mis manos, transformando ideas filosóficas, políticas o amorosas en absurdas parodias burlescas. El espectáculo mejoraba a medida que hacíamos repetidas funciones en Tarento: “La bravura de la doncella”, una irónica función acerca de los sentimientos y el amor; “El Senador” una elocuente obra acerca de la pedante retórica o “Le Douphin du Sabbre”, una jocosa revelación acerca de la vida cortesana, sus traiciones y secretos.  En poco tiempo cada uno de nosotros pudimos obtener un salario digno, competente para la vida de artista, y el eco de la popularidad resonaba a través de algunos elogios. No obstante, nada era fácil. Necesitábamos un nombre, pues nuestra pequeña compañía había crecido y éramos convocados en otras villas para ofrecer espectáculo. “El retablo di Grassi… –pensé-, magnífico”. Pronto comenzamos viajar hacia el norte.  Anhelábamos llegar hasta Génova, actuar en las grandes ciudades. Roma, Pisa, Florencia, o incluso llegar a Marsella, nuestro gran destino. No obstante, debíamos rodear los estados pontificios, pues no creo que la Iglesia aprobara a la ligera nuestra marcha. Durante años actuamos, una y otra vez.

Era el año 1077. Ahora contaba con veintiséis años de existencia. Llegamos a Canossa a principios de enero. Era una población cercana a Parma. Viajar tanto tiempo y conocer nuevos lugares y gente me hizo abrir los ojos más allá del maquillaje y el escenario; El poder papal se hacía cada vez más presente en todos los ámbitos de la vida, incluso en el vasallaje (allí donde un señor prefiere donar su tierra a un clérigo antes que a un hombre de armas). Como ejemplo de este hecho, un par de años antes, el Papa Gregorio había publicado un compendio de veintisiete normas recogidas en el llamado Dictatus Papae, un documento eclesiástico encaminado a minar la autoridad de los imperios y reyes en Europa, para imponer su propia ley. Los veintisiete axiomas se resumían de tal forma:

El Papa está por encima no sólo de los fieles, clérigos y obispos, sino de todas la Iglesias locales, regionales y nacionales, y por encima también de todos los concilios.

Los príncipes, incluido el emperador están sometidos al Papa.

La Iglesia romana no ha errado en el pasado… ni errará en el futuro.

Nuestras actuaciones, desde este hecho, se habían especializado: todos los miembros de la compañía decidimos añadir espectáculos acerca “del camino recto del cristianismo”, “la voluntad del Dios” o “la política papal” y demás pretensiones en realidad políticas. Por supuesto, de forma grotesca y crítica. Ahora había miembros competentes, habíamos mejorado la escenografía y la calidad de los vestidos y poseíamos una mayor variedad de registros e ideas renovadas. Éramos la novedad en la villa de Canossa, y nuestros escenarios se mantuvieron casi un mes. Al parecer la idea de ridiculizar al mismísimo Papa y sus movimientos interesaba a no pocos.


UNA VUELTA DEL DESTINO
Era la última actuación en Canossa. Su espectacular castillo nos iba a ser concedido esa noche para representar nuestra obra magistral, “Gregorio”. Consistía en una parodia total acerca de los edictos de Dictatus Papae ejercidos en una Inglaterra y Francia algo difusas, su fracaso y la puesta en marcha de unas absurdas batallas y reencuentros por doquier debido al mismo. El carruaje estaba impoluto y los caballos eran rápidos. Nuestro escenario y pinturas fueron llevados a las dependencias del castillo; el resto de la compañía íbamos en sucesivos carros a modo de caravana. En dicho viaje, a media tarde, pudimos ver cómo nos impedían el paso dos jinetes, al tiempo que pasaba una comitiva con viajeros destacados. Cuando nuestros caballos se detuvieron me bajé del carruaje. Pude ver las enseñas de los Estados Papales y unas cruces vaticanas. “Un arzobispo en camino” –pensé.

En efecto, procedía del Vaticano, pero no era ningún arzobispo. Nos comunicaron que el mismísimo Papa Gregorio se dirigía al inexpugnable castillo de Canossa, pues uno de los emperadores a los que iban dirigidos sus famosos edictos le perseguía.
Justo antes de marcharnos, aquel caballero que antes se detuvo se dirigió al carruaje papal. Allí habló con uno de los hombres del séquito al tiempo que nos miraba. El castillo no quedaba lejos. Después se acercó a nosotros, aún en tierra. Al parecer, al cruzar tales regiones, había llegado a los oídos de su Santidad nuestra popularidad y despegue artístico. El mismo Gregorio sugería que su estancia y la de sus hombres durante el refugio en el castillo fuera lo más amena posible en las noches frías del invierno, o sirviera de evasión y recreo para sus soldados durante el tiempo de esta “incursión”. El pago era suculento. El peligro por nuestro espectáculo, en su mayor parte anticlerical, también. No obstante aceptamos la encomienda.


LA HISTORIA DE MI SIRE
Aquel perseguidor no era otro que el Emperador Enrique, uno de los cuatro grandes reyes del Sacro Imperio. Era conocido por su lucha contra los sajones desde temprana edad. Tiempo antes Enrique no parecía dispuesto a admitir la menor merma en su autoridad imperial debido al Dictatus Papae de Gregorio, y se comportó con desdeñosa indiferencia hacia las prescripciones pontificias, convocando un concilio en las cortes de su imperio en el que dejaba constancia de su desobediencia declarada al papa y le negaba el reconocimiento como sumo pontífice. Enrique le propuso que abandonara su cargo y se dedicara a hacer penitencia por sus pecados. La indignación en Roma superó cualquier límite. Se celebró un concilio en esa ciudad y en esas mismas fechas, que dictó orden de excomunión para el Emperador, y lo declaraba depuesto de su trono imperial hasta que pidiese perdón, y prohibía a cualquiera reconocerlo como rey.

En esos momentos, el declive de Enrique comenzaba. Con motivo de la  publicación de la bula de excomunión, la nobleza germánica contraria a Enrique intentó deponerle de su cetro, aprovechando además que los rebeldes sajones estaban de nuevo en pie de guerra. Enrique  se vio en situación comprometida. Ante las amenazas por la excomunión, el emperador decidió ir al encuentro del Papa, aunque no con intenciones hostiles, sino para obtener de él la absolución, y recuperar el control. Llegó como penitente arrepentido que imploraba el perdón del santo padre y que deseaba retornar al seno de la iglesia mediante el levantamiento de la excomunión. Se cuenta que el papa demoró la entrevista por término de tres días, durante los cuales el humilde emperador permaneció descalzo y arropado con una simple capa a las puertas de la fortaleza. El Papa, sorprendido por la inesperada actitud de su enemigo, vacilaba sobre la mejor forma de actuar: el sumo sacerdote no podía negar la absolución de sus faltas a un peregrino que se presentaba de aquella manera dando muestra de humildad; Si Gregorio no le perdonaba, mostraría su lado más amargo, y decaería del seno eclesiástico y el apoyo cristiano. No tuvo otra opción que perdonarle y el Emperador fue reintegrado. Es aquí donde la historia se entremezcla y se enturbia con graves falacias.

LA AUTÉNTICA VERDAD

Tantos años la Iglesia se ha empeñado en torcer la historia a su favor, imponer su legado de fe y ser pretexto de expansión, que no han logrado disolver del todo a aquellos que pretendemos justo lo contrario. Mi sire no caminó descalzo a la espera de ninguna redención.
***
Íbamos detrás del carruaje papal. A medida que avanzábamos podíamos oír las monturas de la guardia personal de Gregorio acercándose por donde habíamos venido. Una vez en el castillo, otra comitiva salió a recibirle. Con las pertinentes ofrendas, el Papa subió al castillo. Se rumoreaba que en su cuarto dormía una docena de hombres como protección. Una de las noches, en mitad de una escena de “Roland de los Francos”, las antorchas de nuestras almenas se encendieron por una alerta. Seis obispos procedentes del Vaticano entraron en la fortaleza de Canossa. Pedían asilo. Dijeron que habían escuchado que el emperador Enrique estaba a unos dos días de camino, pero se equivocaron. El destino estaba mucho más próximo. En medio de un invierno gélido a finales del mes de enero mi vida llegó a su fin, y comenzó la oscuridad, sin ni siquiera haber llegado a actuar en las cortes marsellesas: esa noche Enrique IV, del Sacro Imperio, golpeaba las puertas de Canossa.

Los soldados pontificios corrían por las dependencias. El ruido era abrumador. Las almenas estaban llenas de centinelas y una oleada de flechas incendiarias emulaban estelas fugaces, pero más precisas; Las hordas del emperador colgaban las escalas en los laterales exteriores. Y al tiempo que nos invadían un alarido estrepitoso invadió mis sentidos. Fue un grito aterrador, desesperado. Y luego, silencio. Después un par de soldados trajeron armas y nos dieron antorchas. “Si queréis vivir, hemos de contenerlos”, dijeron. Dejamos atrás las túnicas y apagamos las numerosas velas del escenario. Al tomar las armas me percaté que era la primera vez que me encontraba en una contienda similar. Un tiempo difícil en un mundo difícil. Ahora, la sala-comedor donde Roldán contenía a los infieles tomaba otra forma, otros actores, un nuevo sentido. Una función verídica en un escenario mundano… Las puertas se abrieron.

Aquel alarido descomunal no fue sino el último aliento del Papa de Roma. Cuando entraron en la sala pude ver como un ser de enormes proporciones tenía en sus manos, asida por el cabello, la cabeza de Gregorio. Su vestimenta era destacada, pero oscura, como el resto. Portaba en su cabeza  una corona con plumas de plata. A su espalda había numerosos soldados germanos, y al fondo podía entreverse enormes hogueras y el hedor del saqueo y la muerte. Inmediatamente solté el escudo que tenía entre las manos. Aún llevaba la peluca y las falsas barbas de Roldán. Los soldados del Emperador tomaron al resto de mi compañía y los redujeron. Me despojaron de aquella caricaturización grotesca, y el tipo y la cabeza cercenada y sangrante se aproximaban. Miró hacia abajo. Sus ojos se pusieron a la altura de los míos, y me examinó todo el rostro. Reconocí a aquel hombre, pese a que jamás lo había contemplado. Sus ojos brillaron y seguidamente comenzó a reír con una carcajada absolutamente ridícula.


EL ABRAZO
Tomó asiento en el comedor. Sus hombres permanecían de pie. Soltó la cabeza en medio de la mesa rectangular, y rodó hasta unas manzanas mordidas. Uno de los soldados hizo un gesto y el resto de los hombres soltaron a mis compañeros, algo confusos. Después habló. “Adelante, la noche es vuestra”, dijo con un perfecto idioma, “Actuad, hacedlo para su Excelencia, pues sois “Vitto” di Grassi, el actor, ¿no es verdad?”.

No sabía cómo reaccionar. El Emperador estaba allí, jugueteando con los blancos cabellos del Papa… ¿Acaso mis jocosas trifulcas competían en atención con los asuntos de corte germanos? El Retablo no había salido de la península… Todos los soldados salieron de la sala inmediatamente. Enrique no se pronunció, y aquel subordinado tampoco se marchó. “Su Excelencia es conocedor de los consejos que con vuestras máscaras dais, de la burla a la fastuosa política del Papado que hacéis y de las verdades de la fe que desbaratáis con presteza. Haced que vuestra fama no caiga en desuso”, finalizó. No hizo falta nada más. Quizá fue la impresión o el confortable sentimiento de saber que ya no peligraría a causa del Papa. Encendimos entonces las velas y volvimos a colocarnos las prendas. El eco ahora era mayor por el vacío de la sala. A un lado, Gregorio me miraba fijamente con un semblante helado, mientras el Emperador lo hacía esperando una pequeña sorpresa escénica, en medio de cadáveres y misterio.

Representamos de nuevo, “La bravura de la doncella”, una de nuestras obras iniciales. Realmente no actuamos con vocación, sino más bien desde una tensión más que aparente, acompañada de un temblor de voz en los monólogos. Sin embargo, los largos años y la perfección habían hecho salvaguardar nuestra trayectoria aun con públicos más deplorables… La función duró casi dos horas. No hubo entreactos. No había serenidad ni descanso en esa situación. El Emperador volvió a reír jocosamente mientras aplaudía. Esta vez su carcajada fue más extensa, al tiempo que giraba su cabeza hacia atrás y cerraba los ojos. Nadie en su sano juicio tomaría una fortaleza en un ataque relámpago, derrocaría a un Papa con sus propias manos y a continuación contemplaría gustosamente una función teatral. Bien podría equipararse a otra de nuestras obras sin sentido. Cuando Enrique mandó salir a su subordinado se puso en pie y se llevó las manos a la espalda. Andaba de un lado para otro, y volvió a dirigirse a nosotros.

“Magnífico. Un espectáculo realmente sorprendente”, decía, “Asombroso”. Al finalizar no sabíamos qué hacer. El subordinado del rey, cuando regresó, se acercó a nosotros, al estrado de la sala. Con un gesto amable invitó a salir al resto de los miembros de la compañía, junto a él. Tras esto, el Emperador se acercó a mí.
-Una obra fascinante –comenzó.
-Lo sé –dije de manera desafiante. ¿Qué razón habría para dejarme allí con vida?
-En las cortes de Francia serías muy aclamado, sin duda.
-¿Qué es lo que quieres? –pregunté.
-¿Qué es lo que quiere un príncipe, un Papa o un emperador cuando ha de descansar del ejercicio de la guerra? Simplemente dedicar un tiempo a otros placeres, y, si es posible, conservarlos para siempre.

Confirmé la sospecha. Aquella celebridad había perdido el juicio. Sin embargo, continué con esa farsa a modo de una función de las nuestras.

-Cierto –dije. Ya sea rey o vasallo, se debe aniquilar ferozmente a aquellos que no cumplen agradecidos su doctrina. ¿De qué sirve la palabra o la crítica? La diplomacia y el saber son sin dudas portentosos enemigos a los que abatir…

El emperador volvió a mostrar una horrible carcajada.
-Vitto, ¿no es así? Prefiero la ironía de tus personajes… Aún no comprendes la grandeza de mis actos. Sin duda, derrocar a este ser tan singular y a todos los suyos –dijo mirando la cabeza de Gregorio- ha sido un pequeño pasatiempo, un caos necesario. Es más que posible que un hombre con apariencia similar ocupe su puesto, y el paso del tiempo continúe sin reparar en ello ¿no crees?

-Déjanos marchar –repliqué. El Papa tampoco era de mi agrado. Ya tienes esta plaza bajo tu mando. ¿Qué hay de noble en fustigar a unos cómicos viajeros?
-Jamás haría tal cosa.
-Aparta entonces, hemos de llegar a Marsella. Nos iremos en paz.

Así lo hizo. El emperador se movió un paso, dejando el pasillo libre al tiempo que miraba al suelo y hacía una reverencia burlesca, extendiendo sus brazos. Caminé unos segundos mientras me quitaba la camisa y los abalorios de la obra. Cuando estaba a punto de abrir la puerta de la sala apareció justo delante, en un impulso, impidiéndome el paso. Fue un movimiento preciso y extremadamente rápido; sin correr, tan sólo era movimiento. Era allí, y ahora…, ahora aquí, ¡aquí mismo…! Vacilé, me asusté; cualquiera en mi lugar lo habría hecho. Después siguió hablando al tiempo que avanzaba lentamente, y yo retrocedía poco a poco en dirección al estrado. El miedo fluía por mi cuerpo.

-¿Marsella…? –respondió, ¡Qué te parecería actuar Toulouse! ¡En París! ¡O más allá, en la Aquitania lejana pero hermosa! Posees un gran talento, no hay duda. ¡Pero te falta la chispa que haga aplaudir a cualquier público con una sola de tus palabras! Olvida el lastre viajero, ese carruaje, lleno de peligros… obtén un rumbo fijo, un destino. Haz levantar al más vanidoso sibarita para llenarte de merecidos elogios. Riqueza, lujo y ominosidad. Se la estrella en los grandes teatros. ¡Deja que te aclamen cada noche, en cada obra!

Estaba algo confundido. La misteriosa apariencia de un emperador se había convertido en insistencia desmesurada, aunque sugerente. Ahora tocaba el estrado con los tacones. En esos momentos tropecé y caí de espaldas hasta estar recostado. El emperador me miraba, como esperando una respuesta. Durante unos segundos se produjo un silencio, y luego me tendió la mano para ayudarme.

-De acuerdo –dije al tiempo que la sujetaba y me ponía en pie. ¿Algo así como el mecenazgo es lo que pides? Realmente no entiendo del todo tu propuesta…
-No, nada de eso -respondió-. Seré tu mentor. Te convertirás en mi discípulo. Conseguiré para ti los mejores actores, una compañía teatral a tu servicio, y actuarás en cualquier corte palaciega, donde tú elijas. Yo te prepararé para ello.

¿Quién otorgaría una vida perseguida a cambio de nada? Dudé de nuevo, pero esta vez fui preciso.
-Bien. Me comprometo a vuestro servicio –dije con algo de recelo. Pero antes deja marchar a mis compañeros.
-Por supuesto.

Sin embargo, no volví a saber de ellos durante mucho tiempo. Es posible que algunos no salieran esa noche de la fortaleza. Creo que no había elección posible. El emperador Enrique se dio la vuelta y caminaba hacia fuera de la sala. A mitad de camino hizo un gesto de sorpresa. Se paró y se dio la vuelta.

-Se me olvidaba –dijo, ¿en qué estaría pensando? Verás… Algunos de mis súbditos, los más destacados, mantienen una promesa de fidelidad, una prueba de su buen hacer para con su señor, una muestra de lealtad. En estos tiempos hay que saber en quién confiar. Aún eres joven, y tu oficio es justo e incomprendido, aunque consigues que los mortales olviden por momentos sus más arduos problemas…

-¿Perdón? –creí entender mal sus palabras; Mortal. Aquello fue revelador.
-Tan sólo un ápice de hermandad, de tolerancia… de agradecimiento… si, ¡eso es!
-No llego a comprender –dije.
-Lo harás. Dame tal muestra y el mundo entero estará a tus pies, con ello sabré que eres fiel, un discípulo honrado y decidido.
-Aún no lo entiendo.
-Ahora has de elegir –respondió-, has oído bien. Desecha el dolor mundano, ¡esa es la prueba! Conviértete en quien quieras tras el telón, ¡como en tus obras!

En esos momentos, junto a la cabeza cercenada, el emperador Enrique se desprendió del peto, y desató su espada tras la cintura. La cota de mallas resonó en el suelo y levantó su manga con cuidado. Sus ojos se tornaron blanquecinos y más grandes. Una euforia invadió su cuerpo y en un gesto impensable, mientras me miraba, hundió sus dientes en mi cuello. Yo no lo podía creer.

Tras unos segundos un pensamiento imposible me invadió. No tenía constancia de haber visto nada parecido en mi vida. Mi existencia se desvanecía, notaba como se esfumaba como las luces al final de un acto. Sin embargo, cuando se apartó de mi, cuando me despojó de aquel mordisco, la sangre había quedado impregnada en su cara y goteaba de las heridas que me había producido. Después levantó su propia muñeca y volvió a hundir sus colmillos en ella. Mientras yo caía en el suelo, de manera moribunda y a las puertas fin, volvió a hablarme. Mis ojos estaban cerrados, y mi cuerpo apenas respondía, pero conseguí oírle.

-¡Bebe! –susurró-, y serás el artista más consagrado y más complacido, por años. Te ofrezco algo que muy pocos conocen y serían capaz de compartir. ¡Ahora bebe! Cierra los ojos y vive para siempre.
Sabía que no era real. Sabía que estaba en una especie de sueño latente, entre la vigilia y el despertar. En mis viajes con El Retablo di Grassi por Italia habíamos oído algunas historias acerca de ellos. No muertos, decían algunos. Incluso habíamos pensado en adaptar esos rumores a una farándula cómica. Nada de eso hicimos, y quizá, por tal razón, se convirtió en realidad.

Se acercó a mí y extendió su brazo. No podría explicar que pasó, por qué lo hice. Sin embargo caí en el embrujo. Bebí, bebí. Y lo hice de nuevo y tras ello comencé a vivir, mejor dicho, a vagar, por las tinieblas. Mi corazón se fundía con el suyo, hasta hacer coincidir ambos latidos. Pronto comenzó una transición entre la vida y la oscuridad, que duró varias semanas. Mi cuerpo se afligía más cada segundo, y mi interior comenzó a cambiar. Toda esencia mortal se desvanecía, tornando en una silueta rígida, al tiempo que los humores del cuerpo me abandonaban. Mi corazón dejó de latir, aunque, a partir de aquel momento, siempre sentía el de cada una de mis víctimas. En dos meses no salimos de la fortaleza. Sus hombres se habían marchado, y aquel subordinado montó en el corcel de Enrique, y fingió ser el Emperador durante el viaje de vuelta a las cortes. Durante ese tiempo me enseñó los entresijos de la muerte, la caza mortal, el dolor del fuego y la luz del día; me habló de Caín, del libro de Nod, y del Daño de Arikel; de mis disciplinas adquiridas por pleno derecho, el resto de cainitas ¡y hasta de los más defenestrables Bajos Clanes! También de las enérgicas generaciones anteriores, junto a la merma de la sangre. Conceptos como el Letargo, el peligro de la Bestia; también acerca de la Primera Ciudad, la Gehena apocalíptica y venidera, y la perseguida y anhelada Giolconda, el cúlmen de la existencia de todo cainita.

Tan sólo quedaba una última cosa. El Príncipe. Conveniencia o desacato. Muerte o aceptación. Mi sire me preparó para lo peor. Necesitaba pronto mi propio dominio. En aquella zona de la península gobernaba el Príncipe Varetto, afincado en Parma. Su palacio era majestuoso y pudiente. Tras cada columna, y en el patio, había decenas de muebles de lujo. Las estancias se perdían en la profundidad y los sirvientes nos agasajaban constantemente con delicadezas y cócteles. En breve nos condujeron a una sala apartada. Techos altos y lámparas descomunales. La alfombra era circular, en sintonía con los cuadros que hablaban de la historia; y enfrente de la entrada había un pulcro sillón destacado y dos figuras: una sentada sobre él, y otra a su lado, de pie. En los laterales se concentraban dos filas de empleados. Algo ocurrió. Uno de los tipos me resultaba familiar. Le conocía. En mis viajes en la vida como actor había conocido a mucha gente, otros artistas y alguna que otra personalidad (sin contar a mi sire), pero había acabado olvidando casi todos esos encuentros, debido a mi actual condición de inmortal. Sin embargo, cuando lo vi a Él mi memoria se refrescó y no vaciló, fue algo inconfundible.

-Don Alonzo… –dije.

-Vittantonio –respondió. Era el hombre que estaba de pie, junto al trono del Príncipe. Me sorprendió que supiera mi nombre. Apenas coincidimos unas noches en su viñedo unos años atrás. Demasiados años… –continuó-.

Mi sire me presentó como su nuevo chiquillo. Le contó las proezas de mi anterior existencia, y cómo mis talentos se habían afinado artísticamente desde el Abrazo. Tras ello, el senescal Alonzo, el dueño de la plantación en la que había crecido cerca de Grassi, comentó en voz baja unas palabras al Príncipe. Al parecer era su hombre de confianza. A éste pareció agradarle. Momentos después el Príncipe se levantó, elevó la vista sobre mí y recorrió la sala hasta perderse en la de mi sire. Enrique no guardaba pleitesía ante Varetto, sino otro príncipe germano, en su lugar de origen; sin embargo, su sola influencia como Emperador y seguramente los consejos del Senescal delinearon de manera competente la decisión final de mi destino. Luego de unas palabras con el Príncipe, se me concedió un dominio en Canossa y terrenos contiguos, lugar donde procedía, y en el cual su fortaleza sería el lugar de mi descanso.


BRILLO Y LUJO
La Historia cuenta que mi sire, el Emperador Enrique, al haber “recuperado” su apoyo papal, hizo florecer del nuevo el resentimiento de sus opositores germanos e iniciaron una nueva lucha, hasta que, de nuevo, el Papa Gregorio le excomulgó por segunda vez. Un vacío histórico cubierto con una buena historia, no hay duda… (No había ni papa ni nueva excomunión). Lo único verídico fue el resentimiento del Emperador con tales príncipes, donde inició una guerra que aún continúa en pie.
***

Los últimos veinte años transcurrieron muy deprisa. En algo más de dos décadas mis disciplinas habían mejorado, aunque no demasiado. En ese tiempo abandoné Canossa, y puse rumbo a Marsella, el destino final de mis dos existencias. Sin embargo mi sire regresó al Imperio a disputar las desavenencias de la fe, con un trasfondo más terrenal y político que moral y religioso. Desde entonces he ido a verle en un par de ocasiones, en busca de iluminación. Irónico, ¿verdad? Decía que la única razón de la inmortalidad era visualizar una bella empresa y llegar a conseguirla. Además, para evitar el hastío de la existencia, que aseguraba que algún día daría con ella, habría de encontrar un placer mundano, y llevarlo hasta las últimas consecuencias, reescribirlo y hacerlo casi divino, como un purista empedernido. Creo que el placer que él había encontrado era la actuación en la guerra, su campo de batalla, pues era fiero y despiadado incluso con sus hermanos opositores en la lejana Germania. Hacer llegar la muerte a tantos hombres le ayudaba a comprenderlos un poco mejor… ¿Sorprendido? Es evidente... Tan sólo un Artesano lo entendería sin ningún esfuerzo…

En cuanto a mí, consideraba que me había entregado una vida eterna, dedicada al placer de cada aplauso, a la vibración en cada escenario y al júbilo de cada sibarita, como antaño me decía. Y así transcurrió. Mi espectáculo personal creció, y poco se parecía al que una vez realicé. Las obras cambiaron (no volví a interpretar a Roland o Gregorio), aunque el estilo cómico y burlesco no se desprendió. Encontraba en él el único placer que podía compartir con los mortales: la ironía, la burla, los entresijos de lo absurdo y la evasión en las carcajadas. Esto me encaminaba, cada vez más, a los pensamientos humanos; de esta manera era uno más entre ellos: sus formas de actuar o de pensar, poniendo en duda su moralidad y su paciencia…, necesitaba experimentar de nuevo esas sensaciones, pues las tinieblas me hicieron olvidar demasiadas cosas.

En poco tiempo, Marsella reconoció con gran efusividad al gran actor en el que me había convertido. Mi sire tenía razón. Los vasallos de la ciudad se acercaban a abrazarme tras cada obra y me invitaban a sus cenas, a las cuales no tenía tiempo de acudir… Por esta continua gratitud, hace tres años adquirí unos terrenos cerca de Marsella con los caudales que mi sire me había legado. En ellos mandé construir mi residencia actual y un auditorio de actuación. Desde entonces, se ha convertido en la única parada del Retablo di Grassi, el único lugar donde se puede contemplar su espléndido espectáculo, y a su figura estrella, Vittantonio “Vitto” di Grassi, inmortal en las sombras. También es el lugar donde un nuevo príncipe me ha proporcionado mi descanso.

Desde que mi paradero se fijó en Marsella, obtuve una de las pocas alegrías desde mi nueva condición. Cuatro de los integrantes de mi antigua compañía se encontraban en la ciudad. Mi sueño de actuar aquí se había cumplido hacía pocos años, y, al parecer, el suyo también. Se encontraban representando bajo la luna una función donde abundaban cánticos eclesiásticos. Lo hacían cerca del mercado, y me recordaron a aquellos que expandieron mi mente allá en Grassi, años atrás. La función parecía buena, aunque faltaba la chispa que llegamos a tener un día. Cuando acabó la función, arropado entre unos harapos y una estrecha capa, me acerqué a ellos.

-Magnífico –les dije mientras me descubría la cabeza.
-Gracias, el público es quien se ha entrega… -entonces me miró.
Supongo que no pensó nada, tan sólo hubo sorpresa. Era evidente que me reconoció enseguida. Habían pasado veintitrés años desde la fortaleza de Canossa. Cuando los otros tres me miraron su reacción fue idéntica.
“Vitto” –pensaban.

Entonces nos sentamos. Tras saludarnos, les conté, momentáneamente y con pequeñas variaciones, lo ocurrido aquella noche. Parecieron entenderlo. Después les invité a acudir a mi residencia y les ofrecí contemplar la nueva maravilla en la que el Retablo se había convertido. No tardaron en otorgarme la razón: telones parisinos, velas y aromas magistrales y una compañía letrada en clásicos y en retórica. En el fondo parecían contentos por mí. A partir de entonces, y ante aquella cantidad de caudales y dominios que poseía, no podía dejar que marcharan de nuevo, sobre todo conociendo ahora la existencia de otros cainitas y peligros en cualquier camino. Mi sire también me enseñó el precio del poder. “Se justo, y la tierra será amable contigo”, decía. Les presenté en mi residencia, al igual que en mi compañía. Saltarían al escenario y serían estrellas, como el resto. Ahora son aclamados tanto como yo. Bueno… casi como yo.

Pasó un año y su vida, al igual que la de todos, prosperó. Ellos contaban cerca de cincuenta años, pero yo, aquel antiguo camarada de burlas y comedia, conservaba el mismo rostro. Jamás me preguntaron, aunque podía notar todas sus sospechas. El maquillaje no ocultaba la evidencia; se trataba del anhelo mortal de la eternidad. Es por ello que una noche les invité a mi aposento. No pronuncié palabra. Ellos tampoco. Tan sólo vieron mi ataúd y las extravagancias de la estancia. Parecieron asustarse y creían que se trataba de material de escena. Fue entonces cuando le revelé mi condición. No intentaron gritar, no huyeron. Su cuerpo pareció helarse y sentía como latían sus corazones a medida que pronunciaba más palabras, una y otra vez. Sabían que no les haría daño. Vitto di Grassi sólo haría peligrar las pretensiones los más decadentes y los más apáticos de este mundo.  Tras continuar inmóviles, fui yo quien me acercó a ellos. Con delicadeza les expliqué las necesidades de todo cainita y comprendieron lo que en esos momentos necesitaba. Instantes después hundí mis dientes en sus cuellos. Una sangre digna de recuerdo sin duda… Desde entonces viven en mi residencia, en mis dominios. Son mi rebaño.

De momento sigo aprendiendo del resto de cainitas cada vez que los encuentro. Acudo a fiestas y celebraciones sin sentido, soy el invitado de honor en demasiadas cortes de Francia y hago esperar al más rico de los señores en su propia casa. Muchas veces aparezco de manera inesperada en sus brillantes reuniones,  y “bebo” frecuentemente del mejor de sus vinos y la mejor de sus doncellas.  Un nuevo siglo nace. Es el año 1100.
***

Llamar degenerado a un toreador es, posiblemente, un adjetivo my sutil, aunque las más veces sea un eufemismo involuntario, pues aquel que lo hace no logra comprender que muchos de nosotros encontramos en la destrucción y el perfeccionismo, en el deseo y el equilibrio, la auténtica belleza, el único porqué.

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