27 nov. 2011

Netheris Arthur Gray (V La Mascarada)

Mi padre me contaba que nuestros antepasados pisaron por primera vez esta tierra en torno a 1620, procedentes de Inglaterra a través del Mayflower. Pero mi propia historia se remonta a los viejos relatos del nuevo mundo. No me refiero a mi “no-vida”, sino a mi anhelada existencia como mortal, ese vago y mundano sueño que pocos hermanos logran comprender. Mi lugar de origen había estado gobernado por los franceses hasta hacía poco. La Lousiana era un terreno central en las nuevas colonizaciones, las Grandes Llanuras, pero Bonaparte, debido a sus guerras y el coste de las mismas necesitaba francos para mantener el equilibrio en su nación. Así nació, en 1830, The Sunflower State, llamado posteriormente Kansas. Yo nací cinco años después, en una pequeña granja ganadera central. Hasta los diez años, mi infancia había sido placentera y dedicada por completo a dicha granja, junto a mi madre y mi hermana. Mi padre pasaba poco tiempo en casa, pues era un activista abolicionista en alguna ciudad del norte, y aunque nos visitaba muy a menudo, no estaba entregado tanto al trabajo familiar como quisiera. Pese a ello y mi constante esfuerzo en nuestro rancho recibí una educación constituida. Mis abuelos maternos me instruyeron en la lectoescritura desde muy joven, y solía leer todo tipo de carteles y noticias políticas, aunque poco pudiese llegar a comprender en ese tiempo.

Una década después, en torno a 1850. El gobierno estadounidense había confiscado gran parte de esas tierras para convertir esta zona en una “reserva” de nativos americanos procedentes de otros parajes. De la misma forma Kansas se había convertido en un nido de emigrantes europeos que venían en busca de de mejores condiciones de vida. Pronto la población blanca, de la cual nuestra familia era de las pocas que existía, comenzó a florecer. En esos momentos de vaivenes constantes tenía la edad de 16. Los años siguientes los dediqué a viajar a las ciudades del norte de la Unión, donde sus ideas democráticas estaban eran más plausibles que hasta ahora la tierra india de la Lousiana. ¿El porqué? Mis abuelos y mi madre habían muerto tras una pandemia originada, al parecer, por la afluencia demográfica en aumento, y mi hermana, varios años mayor que yo, había desaparecido de la mano de un hombre de negocios en la Baja California, movidos por la Fiebre del Oro. Jamás volví a saber de ella. Concretamente me alejé de las llanuras amerindias y llegué hasta el extremo de la Unión, en Rhode Island. Pronto comenzaría la Guerra de Secesión. Conseguí ver a mi padre de nuevo, días antes de partir y antes de que lo ejecutaran... Al parecer su afán abolicionista y su mente libertadora le habían hecho crear una pequeña insurrección de esclavos en una pequeña población bajo la Confederación, cosa que lo había comprometido con la muerte... La muerte, ese estado anhelado, en lo más profundo del “corazón”, por cada vampiro. Ahora yo contaba con 26 años.

Era 1861. Aún mi vida mortal tenía sentido, pese a la desestructuración familiar que había sufrido. Pero era un hombre fuerte. Bueno, no del todo. Muchos acontecimientos sucedieron en poco tiempo: Una guerra civil había estallado, La proclama de la Emancipación con la abolición total del esclavismo, las vidas rotas de Gettysburg durante la guerra, el asesinato de Lincoln... Por eso dudaba de mi entereza, me sentía abrumado en ese tiempo, y sin familia, me sentía solo... En Rhode Island, situada junto a la costa, me alisté en el ejército de la Unión. Sentía que debía hacer algo frente a esas mentes esclavistas que habían perpetrado la guerra. Los continuos conocimientos de mis viajes y mi pasión por la lectura y pintura me ayudaron para confeccionar algún plan de evacuación militar y suministrar productos y armamento a la Unión del Norte a través del mar, procedentes de Europa. Finalmente, en 1865, La Unión había derrotado a sus congéneres y abolido uno de los mayores conflictos, consolidando el país definitivamente. Mi edad mortal era 30. Tiempo después marché de allí. Durante muchos años quise viajar a Inglaterra, volver a mis verdaderas raíces antepasadas. Londres. Comencé tardíamente a estudiar Bellas Artes allí, tras mi innata motivación para ello. Era un lugar fascinante, y muy propicio. Estaba en plena construcción el Tower Brigde y el Palacio de Westminster. Al acabar mis estudios y poder vivir de mi talento, permanecí hasta el comienzo de la Gran Guerra. Contaba ahora con 41 años.

En 1876 la vida se había transformado considerablemente. Otro continente, otras costumbres. Pronto caí enfermo. Era un tipo solitario, sin familia, dedicado por completo a mi carrera. Una noche, caminando cerca del Támesis, las corrientes del río resfriaron mi garganta y comencé a componer una melodía febril que pronto me haría caer enfermo. Días después, caminando de nuevo por esa ruta cerca del río, me dispuse a cruzar uno de los puentes. Un par de indigentes vieron a un tipo algo distraído, y decidieron robarle desesperadamente. Ese tipo era yo. Tras un lento forcejeo, y aún con unas décimas añadidas sobre mi frente, lograron llevar a cabo su cometido y yo, una desclasificada figura mortal hasta entonces, caí al río. El agua estaba helada... No pude recordar nada más. A la mañana siguiente me encontré en un piso cerrado. Algo oscuro. Era media tarde y el sol comenzaba a despedirse de la mañana londinense. La cama estaba helada, pues la corriente de la única ventana del refugio tenía varias rejillas. Vi cómo mi ropa estaba en una silla de terciopelo junto a la cama. Mi cuerpo sentía dolor, agonía, un impulso irrefrenable por querer salir de allí... de inmediato.

-No te muevas. No es conveniente para tu salud –escuché.
 No pude articular palabras.
 -No te muevas, he dicho.
-¿Quién habla? –no podía percibir nada con mis ojos. La oscuridad bañaba la escena.
-Has de descansar, tu caída ha sido brutal. Tienes suerte de estar vivo.
-El río... –pensaba yo. Esos malditos... ¿Quién eres?
-¿Quién? No.... ¿Quién eres tú? –me preguntó la voz. ¿Quién crees que eres tú? Un afamado pintor solitario y bohemio en las calles de Londres...
-¿Cómo? –estaba realmente asustado.
-Y de repente... “Patapum” –hizo un sonido onomatopéyico.
 Una vela se encendió. Sólo una. Suficiente para contemplar la procedencia. Esa voz, despampanante y siniestra. Allí estaba. Una figura. Un rostro... más bien una silueta, pues aún estaba aturdido por la inmensa caída...
 -No te muevas –dijo-, no te haré daño. Debes recuperarte.
 Sin embargo, confuso y despreocupado me levanté de la cama. Apenas podía dar varios pasos sin apoyarme a tientas en los muebles, vislumbrándolos con la trémula luz.
-No es conveniente, en tu estado –repitió.
-¿Estado? –dije yo. ¿Quién eres?
-Si, tu estado. Y soy... soy quien te ha sacado de la orilla, mientras flotabas.
 En esos momentos encendió varias velas más. La habitación se había iluminado por completo. Las cortinas de la habitación parecían reflejar aun más la luz. Aquella habitación... ahora era clara, visible... defenestrable.
 -¿Dónde estoy? –dije yo.
-En mi morada. En Londres aún, por supuesto –sonrió.
 Intenté abrir la ventana, pero estaba cerrada. Lo mismo ocurría con las puertas.
 -¿Tu me sacaste del río? Recuerdo haber caído. Nada más.
-Así, es. Mi nombre es Andrew. Te repito que no te haré daño.

 Pero tenía el presentimiento que algo no iba bien. Algún aleteo de incertidumbre cercenaba mi confianza en referencia a sus palabras.
 En esos momentos me pasé las manos por la cabeza en señal de desesperación mientras resoplaba (la situación me superaba); también por la cara, por el cuello... ¡mi cuello! Tras notar una viscosidad sobre él miré mis manos... restos de sangre... ¿Qué era eso? Estaba herido, esos vagabundos me habían atacado ferozmente...

 -Tranquilo, pronto estarás mejor. Siéntate –dijo.
 No se porqué lo hice. Parecía una orden de un subordinado incapaz de negar tal premisa. Apenas lo conocía, pero tenía un afán interno por saber qué haría en esos momentos.
 -No te preocupes, no es nada.
 En ese preciso instante, se quitó de en medio sus ribetes, se levantó la manga y pareció morder la parte alta de su muñeca.
 -¡Dios mío! -grité... ¿Pero qué...?

 Aquella bestia había hundido sus dientes en su propia carne. Jamás había oído hablar de los vampiros. No me interesaban lo más mínimo aquellas historias fantásticas, esotéricas o supraterrenales que los más experimentados en argucias y cuentos intentaban inculcar a la sociedad... Yo había visto más horrores y muerte en la guerra americana que lo que cualquier criatura pudiera mostrarme... o eso creía.
 -Ahora bebe –me dijo. Siéntate y bebe tranquilo.

 Estaba en silencio. Creí ver sus colmillos alargarse más que cualquier diente, pero eran sin duda ilusiones de esa mente extraña, quizá la caída. Inamovible por sus palabras al principio, dudé; Me senté de nuevo en la cama y tomé su brazo. Lo miré, y dos marcas circulares hacían brotar intermitentemente pequeños borbotones de sangre...

 -¿Quién eres? –repetí mientras tenía su brazo entre mis manos.
-Te he salvado de la muerte –respondió. Andrew, ya te lo he dicho: no voy a hacerte daño. Bebe. Cuando lo hagas tus preguntas se habrán respondido.

De nuevo inamovible. Esta vez mis dudas se transformaron en órdenes a las que no tenía acceso mi reticencia. Sin dudarlo bebí. Bebí con ansias. Era la sangre de mi sire la que recorría por el interior, la misma que hacía retumbar el eco de su corazón. ¡Boom! ¡Boom! ¡Boom! Una delirante melodía. Desde ese momento, una larga transición dolorosa gobernó por largas horas mi cuerpo, demasiadas, durante días. Andrew Macalister. Mi Sire. Mi mentor. Un snob ricachón de la alta sociedad londinense. Un buen hogar, un domicilio sin criados. No tenía familia. Era un tipo despreocupado. Libre. Ahora algunas de mis preguntas estaban respondidas, pero muchas otras me invadieron como un día lo hicieron las filas de la Confederación. Poco a poco asumía mi condición de vampiro, tanto como la maestría de mi mentor. Pronto me enseñaría la importancia de la caza nocturna, las inclemencias del Sol, y la diferenciación de los “recipientes” y usos posibles; incluso me presentaría a otros hermanos vampiros, ocultos ante la mirada del Mundo.

 No olvides acomodar bien tu ataúd –decía cada noche. Ése era mi maestro...

 Pronto mi esencia mortal se había desvanecido. No por ello el gusto por la lectura y mi pasión por la pintura. Macalister me contaba que para él también esos placeres eran necesarios, pero únicamente para el “subterfugio” y recogimiento ante la dedicada y fascinante vida social. Para todo lo demás, no veía necesidad en llevar a cabo tales placeres. Era como... un hedonista falso, un ser aparente, aunque no egoísta. Pienso que algunos mortales comparten esa vaga mente, esa inocua percepción del mundo, existencialista, falaz... Simplemente era un conformista, un conformista inmortal en una vida mortal. Sin embargo yo, aun compaginando con la vida nocturna con mi carrera de artista, ésta se convirtió en una contrarreloj contra el tiempo, en la que yo era el claro vencedor, según como se mirase. Seguí pintando, y, desde entonces, me di cuenta que mi obra sería inmortal (como yo), imperecedera e interminable. Pero no contaba con el resto de humanos.

 -¿Qué haremos? ¿Cómo lo has hecho hasta ahora? –le dije a Andrews.
-Lo sé. No es mi única residencia. Largo tiempo he pasado en estos lugares. Pronto partiré, y si quieres, tus pinturas pueden ir conmigo. Sabré ubicarlas en los arcones del mundo.  Viajo, ¿Sabes? Viajo mucho. Es necesario, al menos para mí, pues no sabría que hacer si ellos me siguen viendo tal y como soy. Ellos envejecen, yo no. Destacaría demasiado si no partiera, y esta vez, no por mi excelsa fortuna.
 -Lo entiendo –dije resignado.

 Por supuesto que lo entendía. Mientras el resto de la sociedad cambiaba, mientras se acercaba cada segundo a la muerte, Andrew y yo nos alejábamos cada vez más de ella, algo inversamente proporcional. Yo no podía dejar mi carrera, al menos de momento. Era un joven vampiro... y mi sire un vampiro de gran edad, aunque nunca la supe con exactitud. Tampoco me importaba. Ahora el tiempo era un nimio concepto, un intervalo sesgado para cualquier inmortal, algo ininteligible para los humanos. Un día se marchó. Me dijo que se iba a París. Desde entonces no he vuelto a dar con él. 

1914 – I Guerra Mundial. Yo estaba en Alabama. Había vuelto un par de años antes. Quería volver a visitar desde allí el auge de la riqueza de mi antigua Kansas debido al comercio del ganado desde tiempos antiguos. No encontré ningún vampiro.

 1945 – Final de la II Guerra Mundial. Por aquel entonces me encontraba en Sudamérica, pintando los bellos paisajes de las bahías brasileñas del Sur. No encontré ningún vampiro.

 1960-1986 – El mundo estaba consternado en su interior debido a la Guerra Fría. Mientras, yo, andaba caminando por Granada (España). Algunas leyendas de aquella península me habían atraído. Pronto me percaté de eso, sólo leyendas, aunque sus murallas y escudos esculpidos eran sublimes, bellos, arquitectónicos. Tampoco había logrado dar con seres de la noche.

 1990. Ahora contaba con 155 años. 41 años de existencia mortal y 114 de potencial existencia eterna. Poco a poco iba donando algunas de mis obras a coleccionistas privados o dejando sutilmente algún cuadro encima de expositores de algunos museos. No me cansaba de pintar y mi obra no podía acompañarme eternamente... al menos en todos mis viajes. De nuevo recordé a mi sire, Andrews Macalister. Se marchó a París. Gran destino. Jamás supe de él, pero tenía la certeza que eso cambiaría. Dí un salto casi directo desde Nápoles hasta la ciudad de la Luz, y me instalé, una vez más, en un viejo apartamento, con la excusa del arte bohemio nocturno hasta encontrarme, aunque sin perder las costumbres que nos dan la vida: la sangre diaria. 
Una de las noches, me encontraba en uno de los parques de la ciudad. Largo tiempo había pasado desde que dejé la vieja granja de mi familia, y largas horas de transoceánicos y senderos habían soportado mis pasos... y mi caza. Quizá por ese historial tan sublime para un inmortal alguien de su especie se había percatado de ello. Una de mis pinturas le atrajo. Gabardina. Un sombrero de copa. Unos guantes blancos y un semblante indiferente. Sin embargo, brillaba ante todas las grises presencias.

 Buenas noches, señor –le dije-, siéntese, le haré un retrato. 

Y lo hizo sin pronunciar palabra.
Al lado de unos músicos que tocaban una melodía clásica, bajo unos fuegos artificiales en una festividad francesa, el tipo se sentó en un asiento dispuesto para ello. Mi lienzo estaba impoluto aún, y el atril de pintura perfectamente fijado. Mezclé las pinturas. Comencé el boceto. Allí seguía, inmóvil. Miraba fijamente a los músicos tocar mientras yo le miraba a él y lograba trazar sus facciones a la perfección.
En esos momentos una voz en mi cabeza resonó de improviso. Un pensamiento.

 -SE QUIÉN ERES... –dijo la misma.
 Al instante solté sobresaltado el carboncillo. Miré de nuevo a ese tipo, el cual miró de reojo, como preguntando “¿Has acabado ya?”. Los músicos terminaron su canción y comenzaron inmediatamente otra. La gente paseaba, les lanzaba unas monedas e incluso se paraban al lado de mi pintura para observar su evolución.... Esos sonidos no era nada... –suponía. Tras finalizar la perfecta representación de la escena mortal, el hombre se levantó. Se colocó su sombrero y sacudió con una mano su chaqueta. Echó unas monedas a los músicos, los cuales agradecieron asintiendo con la cabeza. Luego se acercó a mí.

Tenga –y el hombre me entregó cinco libras.
No cuesta tanto... tan sólo media libra, señor... –dije.
Momentos después, mientras sacaba unas monedas para devolver el cambio,  me percaté que el sujeto se había dejado en mi atril la pintura con su propio retrato.
¡Espere! –grité en medio del tranquilo paseo de los viandantes.
Me di cuenta que el hombre había desaparecido. Lo hizo con suma rapidez. Cuando palpé de nuevo el dinero noté un pliegue algo más rugoso. Era un tarjeta. La leí:

“Thêatre des Vampires”
Rue de...

Y en su reverso constaba su dirección, y una frase:
 “SE QUIÉN ERES”...

Era aquel pensamiento...aquel mismo que me aturdía mientras realizaba su retrato. Al parecer, me había hablado sin articular palabras. Ese tipo.
 .................................
 Días después me dirigí allí. Me encontré finalmente envuelto por la fascinante visión de los vampiros (aquellos vampiros que fingían ser humanos que fingían ser vampiros...) y su “caverna” del arte, cuyo líder, Armand, poseía la potestad sobre todo ellos. Jamás volví a saber de mi sire. Mi nombre es Netheris Arthur Gray. Soy un vampiro.



FICHA VAMPIRO
Nombre: Netheris Arthur Gray
Naturaleza: Superviviente
Generación: 12
Conducta: Bufón
Refugio:  París
 Clan: Toreador
Concepto: 



ATRIBUTOS
Físicos (3)
 Sociales  (7)
Mentales (5)
Fuerza
 0+1  Carisma
 2+1 Percepción
2+1+(1 que es 5 puntos gratuitos) Total:3
Destreza
 1+1  Manipulación
 2+1 Inteligencia
2+1
Resistencia
 2+1
 Apariencia
 3+1 Astucia
1+1


HABILIDADES
Talentos (9)
Técnicas (13)
Conocimientos (5)
Alerta  2 ArmasC.C. Academicismo  3
Atletismo Armas Fuego
Finanzas
Callejeo Conducir
Ciencias
Esquivar Etiqueta  3 Informática
Empatía  3 Interpretación  3 Investigación
Expresión  3 Pericias Leyes
Intimidación  1 Seguridad
 1 Lingüística  2
Liderazgo Sigilo  3 Medicina
Pelea Supervivencia  3 Ocultismo
Subterfugio TratoAnimales Política



VENTAJAS
DISCIPLINAS
TRASFONDOS VIRTUDES
 Auspex  1  (+1 gratuito, que son 7 de los 15 gratuitos) Rebaño 1 7 recipientes
 Conciencia  2+1
 Celeridad  1 Fama 1  Autocontrol  3+1
 Presencia  
Recursos 2  Clase media (1 piso)  Coraje  2+1


MÉRITOS Y DEFECTOS
HUMANIDAD/SENDA 
Defecto: FOBIA (2 puntos)
Mérito SENTIDO AGUDO: Vista (1 punto)
Mérito COMER COMIDA (1 punto)
____________________________
SALUD:
____________________________
EXPERIENCIA
                                  
 7
FUERZA-VOLUNTAD
 3 + (3 que son gratuitos)
 SANGRE
 



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