27 nov. 2011

Fingar Cubremartillo (Esdla d100)

Edad aparente: 106
Altura: 1,40
Peso: 76
Pelo: (longitud y color): Rojo
Color de los ojos: Marrones
Ropajes y forma de vestir:  Barba roja. sin cabellos en su cabeza. su larga barba termina en un par de trenzas, en las cuales se engarza numerosos anillos en cada una a modo de sujeción. Sus brazos son sus extremidades más desarrolladas debido a su oficio, y en los que porta pequeñas cadenas a modo de pulseras con finos eslabones. Su capa es carmesí, en honor a su padre, y la lleva ladeada, ocultando sólo uno de sus brazos, mientras que el otro lo lleva al descubierto. Posee un traje pesado y las botas de enano.
Otros: Su arma principal consiste en una maza de grandes dimensiones.
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Nombre: Fingar 
Idiomas    1) Khuzdul  2)Oestron  3)bethteur  4)sindarin       
Raza/cultura: Enano
Pelo: Rojo
Ojos: Marrones
  • Fuerza (fue) 100
  •  Agilidad (agi) 92 
  • Constitución(con) 83
  • Inteligencia (int) 51
  • Intuición (i) 97
  • Presencia (Pre) 89
  • Apariencia (apa) 66
Edad real: 81
Personalidad: Apatía y rudeza de todos los enanos. Tiene prejucios con los elfos.
Rasgos ocultos: La lealtad y la justicia, por pequeño que sea la situación, ha de llevarlas a cabo. No obstante y en ocasiones, ambos valores no pueden ir de la mano para Fingar.

Nací Erebor en 2689 de la Tercera Edad. Era hijo de uno de los supervivientes de las oleadas de Dragones en la Montañas Grises. No obstante ese fastuoso destino desaparecería del recuerdo de los enanos y vendría una época gloriosa con Thrór, hijo de Thráin. Pronto aprendí el oficio de mi padre. La herrería era una actividad común en nuestro reino. Intentaba crear mis propias aleaciones, con la pretensión de crear una armadura de gran dureza y determinación. Mi sueño sería dar forma al mismísimo Mithril, en forma de peto o una bella celada. Desde temprana edad se me daba muy bien reconfortar a mis hermanos enanos con protecciones a medida. Dentro de la ciudad era solicitado por muchos, pero necesitaba expandirme en el exterior, otorgar una silueta mayor a mis creaciones defensivas. Es por ello que decidí hacer comercio en Esgaroth. Escalas. Idas y venidas de exportación comercial me enriquecían, y también a mi padre, ya retirado del oficio. En ese tiempo contaba con 45 años. Decidí ir más allá. Treínta años de comercio como actividad principal. Los viejos dragones del frio y las espeluznantes historias que el reino bajo las Montañas guardaba eran casi una inspiración y un impulso a hacer brazales, guanteltes, cotas o escudos más poderosos. Es por ello que los hombres del bosque Negro comenzaron a intersarse..., sólo los hombres (aún con los elfos me costaba intercambiar unas palabras, y sobre todo hacer tratos con ellos).

Recuerdo estando en los lindes del Bosque, cerca de las orillas del Celduin, una maltrecha partida de orcos parecían robar a una comitiva de comerciantes que conocía de mis rutas, los cuales estaban desembarcando. Eran hombres cuya honradez era evidente. El agravio fue mayúsculo. Yo observaba, agazapado, cómo sucedía todo. En esos momentos los orcos huyeron. Cogí mi saco, lo coloqué en el hombro y comencé a seguirles; parecían desesperado. En algo menos de una hora localicé su situación: poseían uno viejo caserío de piedra que sin duda amedrentaría a cualquiera que se internase en él, sólo por su aspecto. Ante aquella indignación, volví a mi ciudad y descargué mi equipaje y ganancias. Convoqué a mi padre y juntos hicimos nuestra primera forja: era una aleación perfecta, compuesta por oro y raspaduras brillantes de diamantes de Erebor. Una maza impoluta fue forjada.

Tras volver, días despues, al refugio de los orcos, éste estaba vacío. Pasé largas horas esperándolos, allí, a oscuras, sin preocuparme por el frio exterior ni los ojos de los sindar. Cuando regresaron, vieron un pequeño ser allí, dispuesto, y un arma en sus manos. Eran cinco orcos, dos de ellos huesudos y tremendamente arrogantes. Estaban perfectamente armados y equipados. En sus ojos podía notar cómo les invadía una mezcla de sorpresa y placer por aquella visita. Su cena estaba servida.... Sin dilación alguna, me lancé contra ellos.La carga fue brutal. La maza atravesó sus cuerpos y hundió sus cabezas contra los pilares de la estancia...
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Cuando volvió a Erebor, Fingar, hijo de Fenegar agradeció a su padre enormemente el gran trabajo que había hecho. Su padre le confesó que había añadido fragmentos de Mithril en la obra.

Objeto de poder:

"En uno de mis usuales comercios del Bosque Negro me encontraba comerciando con un hombre al que le urgía una celada a medida, pues la suya había sido quebrada en un asalto y éste, soprendentemente, había resultado ileso. Ante tal prisa y su falta de caudales en ese instante, tuve que hacer un intercambio justo. Observé cómo llevaba colgado una especie de amuleto atado a una gruesa cadena de plata. Éste se basaba en una superficie lisa con piedras preciosas engazadas formando un óvalo vertical. En la parte central brillaba su más preciada piedra; solo que... no era una piedra. Era una escama de Dragón... Tus monedas no abarcan la celada -dije. No obstante ese amuleto...quizás.

Tras pensarlo demasiado, el hombre accedió. Al tomar su amuleto comprobé la preciosidad del presente. En esos momentos comprendí que se trataba de un objeto especial. "No es un pago por tu trabajo-me dijo-, es tan sólo un aval, por la armadura. Volveré. Recuperaré lo mio". Yo no quería problemas, y menos labrarme una mala reputación en el Bosque, a los ojos de tantos elfos.

Por supuesto. Yo la guardaré." -le dije.
El hombre me dijo que aumentaba mi visión en cualquier lugar, que notaría cosas que otros jamás hubieran advertido." (El objeto posee percepción +10).
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Dain se dirigía a Fingar sonriente. Miraba su cerveza, la cual estaba por la mitad. Seguía sonriendo al tiempo que cavilaba algo, recordaba algo.

¡Cierto! -comenzó elevando la mirada al tabernero-, ningún enano es merecedor de lo que tiene si no actúa valientemente, o con honor. Mi padre no tenía apellido. Fui yo quien me "labré" ese apodo. Él era herrero, de profesión, como yo gracias a él, y desde siempre me gustó dar forma a esbozos de protecciones y armaduras que tenía en mi mente, o los que él me transmitía desde la suya. Siempre trabajaba sólo en mi forja, pero una vez, allá en Erebor, le pedí a mi padre que me ayudara a forjar un arma para un asunto de suma importancia fuera de nuestros dominios. Tras hacerlo y cumplir rápidamente con mi cometido volví a casa. A partir de ahí surgieron los problemas. Al llegar, agradecí enormemente la ayuda a mi padre, pues la empresa había sido llevada a cabo con éxito. Mi padre, un enano ya anciano y entrado en años, me confesó, en respuesta, una verdad que apenas valía el pago del agravio al que acudí: en presencia de la estirpe de Thrór, confesó que había añadido en la forja del arma, sin que apenas me diese cuenta, el Brillo Gris.

Tras una pausa continué, y bebí, un poco apesadumbrado. Entre las raspaduras de los diamantes más preciados de Erebor, unido al oro y la plata de nuestras cavernas, mi padre había añadido fragmentos de Mithril en la fundición y forja. En esos momentos comprendí el gran resultado de la empresa que con presteza llevé a cabo. El problema era que, pese a que éramos felices y prósperos en nuestro reino, en esa época la codicia nos inundaba bajo la montaña, y, casualmente, algunos almacenes del Mitrhil (en realidad pequeñas extracciones) habían sido robadas en la última cámara en la roca. Algunos enanos afirmaban haber visto caer carretas y sacos a los abismos por algún descuido, pero las desapariciones, por pequeñas que fueran, eran cada vez más frecuentes.

A raíz de la confesión de mi padre, comenzó a aflorar un resentimiento hacia él... y hacia mi. A tal grado llegaron los rumores y tantos "distintivos" recibíamos a nuestro paso que llegó a los oídos de Thrór, hijo de Dáin. ¡Creían que habíamos robado metal maravilloso! La guardia personal del rey, tras la situación más que evidente, decidió inspeccionar todas las rutas de las cavernas durante largo tiempo. Despues llegaron a nuestros aposentos, en las cavidades profundas. Ahora el agravio había sido descubierto... Mi padre... su aposento... -Fingar balbuceaba ahora. Bajó su cabeza. Su cerveza ya estaba acabada y la apartaba con la mano dejando espacio para tumbar en cualquier momento su cabeza y pensamientos sobre la fria mesa... no precisamente por el efecto del alcohol.

Mi padre... había... robado las muestras de Mithril con las que hicimos el arma, mi "Martillo"... ¡Yo no lo podía creer hasta que...!

Hubo un silencio embarazoso.
 
Luego tuve que... vagar...
el agravio... pero...
y Thrór hijo de Dáin...yo no... tuvo.. no pudo...

Las últimas palabras eran inconexas y mal pronunciadas. La voz del enano se afligía y descendía en sonido a medida que pronunciaba cada cosa...  Fingar no finalizó su historia, para pesadumbre de algunos (o de todos)..., parecía que su historial no mostraba a un enano muy ejemplar. No obstante, su historia no parecía corresponder con la reputación que su nombre llegaba a conmemorar...

Puntos de historial:

* Objeto has conseguido un objeto mágico con una bonificación de más 10. Amuleto (bonificación a la percepción.)
* Bonificación especial de +5 a una habilidad primaria cualquiera. BO de filo.
* Objeto has conseguido un objeto mágico con una bonificación de más 10 a acechar esconderse y que permite usar el hechizo inadvertido de nivel 2, tres veces al día.
* Aumento de una habilidad secundaria en 5 grados. Herreria.

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